lunes 24 de noviembre de 2008

Sin piedad de adjetivos

Edelmira Coto abrió la alacena. Llovía sobre los goznes de septiembre. El hollín de la chimenea, dormido entre sus uñas, el valor, el arrebol de sus mejillas o la muerte, quién sabe, aguardaban detrás de la rutina. Papá Leonardo dio tres cabezadas contra las moscas de la sala, estornudó el perro, se desperezó de angustia aquella tarde de otoño. No sonó el reloj de cuco a las ocho porque el cuco estaba muerto de aburrimiento.

Edelmira sacó el frasco bautizado con el nombre de Cilantro, lo abrió, olió su contenido, frenó el asco con un restregar de narices y vertió tres gotas, tres, en la sopa de la cena. Leonardo escupió sonoramente por la ventana.

Papá Leonardo sopló la cuchara llena de caldo, sorbió con fruición su contenido y se quemó la lengua. Maldiciendo a Edelmira con palabras que no cabrían en la boca de los niños ni tenían sitio en el diccionario de los afectos, bebió vino, golpeó la mesa, rompió el frasco de la sal al arrojarlo al suelo entre los pies de su mujer, justo al lado de los restos de su llanto, y siguió sorbiendo sopa como si nada. A septiembre le faltaba ya muy poco para la venganza de la hojarasca.

A las nueve el reloj de cuco despertó de su letargo y Edelmira se lavaba las manos mientras Papá Leonardo daba cabezadas contra la muerte; los ojos en blanco, la saliva brotando de su boca como ovas del pantano, destruyendo la rutina, reparando los ocasos, vengando con cianuro y sopas de tomate dolor, lágrimas y desprecio.