No había pájaros en la Ciudad Blanca. Al tercer día de gobierno sacrificaron a todos los chivatos. Llovía muy de tarde en tarde, se sabía cruel e hiriente el horizonte. No tenían nombre tus devaneos; al paso irregular de las horas le sucedía el frío, la noche, el aullar de las lunas.
En la Ciudad Blanca tus ojos parecían siempre canicas que, tal vez, perdieron niños refugiados de cualquier pesadilla. Allí, todas las guerras futuras ya se habían librado; el agua firmó los tratados de paz, los peces las violaciones. Tú parecías flotar entre las piedras, sobre los ladrillos blancos, como el espíritu intranquilo que agitaba las nubes...
En la Ciudad Blanca las tardes eran fronteras vírgenes, pausas, solícitas treguas y en el remanso de viejos muros derruidos tus caderas fueron el templo ausente de la fe ciega, de la Ciudad Blanca, donde no había pájaros y los amigos paseaban sus perros.



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