domingo 8 de junio de 2008

De mayor quiero ser mujer jirafa

Las mujeres de la tribu Kayan, de Mianmar, alargan sus cuellos con enormes collares de bronce como símbolo de prestigio y son fotografiadas por periodistas de National Geographic para que Leire pueda observar sus grandes cuellos, mujeres jirafa, en revistas en la habitación de su casa encerrando sus dieciséis años y los cincuenta euros que ha ahorrado para un tatuaje, un hada, en su hombro desnudo que miran los chicos de la fila de atrás de su clase, Leire, a la pizarra¸ y que envidian sus amigas, todas menos una; Marga, estirada y esbelta, con el cuello fino como una mujer jirafa, la muy presumida, la muy…

Por fin ha conseguido el permiso de su madre para hacerse el tatuaje, tras meses de insistencia y dolorosas concesiones; recortar las salidas por las tardes, volver antes los fines de semana por la noche, nada de chicos, Leire, sacar buenas notas este trimestre. Eso no ha sido ningún problema, casi todo notables menos gimnasia y tecnología, peor ha sido lo de las salidas por la tarde cuando sus amigas coquetean con un banco del paseo mientras ellas sujeta las pesadas paredes de su cuarto, las quejas de su madre, los llantos de su hermano pequeño que berrea por cada cosa imposible que desean sus cinco años malcriados.

Y ahora que tiene el permiso ha decidido que no quiere un tatuaje, qué locura, que quiere un collar de latón en espiral, para alargarse el cuello como una mujer kayan. Todos se quedarán mirándola; es mucho mejor que un tatuaje o un pendiente en el labio. Es mejor porque nadie lo tiene, es mejor porque le hace más alta y esbelta. Es mejor y lo quiere y nada va a impedirle ponérselo aunque tenga que llorar como su hermano pequeño durante horas, aunque tenga que dejarse la vida en ello.

Por eso no ha podido probar bocado ante la excitación de la novedad que bulle en su mente, como hormonas neuronales que la hacen crecer y expandirse más allá de su cerebro y del momento que vive, mientras el plato de lentejas se enfría y condensa y su madre gruñe por lo bajini, no estás comiendo nada hoy, y Rober, su hermano, salpica de puré de lentejas el jersey nuevecito de su padre que despotrica alto para que todos oigan su autoridad. Leire no puede dejar de imaginarse su entrada triunfal en el instituto con un cuello de diez centímetros, sostenido por una espiral de bronce, mientras todos los chicos la ven caminar hacia clase de lengua, chica jirafa que ha aprendido a salirse de la rutina de todos los demás, de sus piercings y tatuajes tribales, porque qué hay más tribal que ser una kayan en mitad de la selva urbana, entre hamburguesas y cibercafés.

Ante la llamada telefónica de Marga, ¿hoy si te dejan salir?, Leire ha contenido una carcajada de triunfo al pronunciar un sí seguro; no le cae bien Marga pero va a regodearse yendo con ella a la tienda de artículos exóticos Assian Fashions y preguntar por collares de cobre para el cuello y comprarse uno y ponérselo delante de sus narices, ¿qué tal me queda? mientras Marga dirá que bueno, que en fin, que mejor sería un tatuaje, y eso, precisamente eso será la confirmación de su éxito.

–¿Un collar de cobre? Ah, un anillo, como un brazalete dices pero para el cuello… No sé si lo que tenemos servirá para lo que quieres… Tenemos unos adornos en bronce para el cuello, pero no son exactamente anillos, son más anchos. ¿Mejor? ¿Mejor cuánto más anchos? De acuerdo entonces, sí tenemos lo que buscas. Toma, mira a ver si es lo que quieres. Vaya, te queda bien, jovencita. Le queda bien, ¿verdad?
–Eh, sí, sí. Genial. –dijo Marga.

Cincuenta euros que no abarcaban ni de lejos el valor del poder que otorga, a los dieciséis, ser la reina del baile, la más guapa, la princesa del cuento o la bruja, es lo mismo cuando de lo que se trata es de no ser un número más en la lista de la clase, Pérez Gorri, Leire –¡presente!–, cincuenta euros por un collar de bronce que se convierte en un collar mágico, en un collar de poder en la tribu de 2º B del IES Muñoz Molina, si Pablo se despista en clase de lengua y te mira de reojo y comenta con Iván la jugada. Luego se levanta, fue así como ocurrió, se levantó en medio de clase desafiando las espaldas del profesor embelesado en un complemento circunstancial y le pasó una nota a Leire. ¿Vamos a la pizzería esta noche? Qué collar más total.

El resto de la mañana se le hizo eterno, las clases se sucedieron como pesadillas encadenadas, un despertar peor que el anterior y la angustia de saber que detrás quedan aún un par de falsas realidades hasta que suene el timbre y venga la auténtica vida, ésa que le interesa fuera de la matemática o la historia, su propia historia que se iba a empezar a escribir con letras esbeltas, alargadas. La sobremesa no fue mejor. Su madre estaba especialmente pesada con que se comiera todo el arroz, y un muslo de pollo, Leire, hija, que no hay nada de segundo; esa manía de madre de cebar a su progenie, especialmente a sus hijos y a las visitas porque a su padre le reñía si se pasaba con la comida y ella comía menos que nadie. Se empeñó en que terminara el inmenso plato de arroz con pollo y una naranja cuando a Leire no le cabía más en el cuerpo que la emoción de su cita nocturna en la pizzería, con posibilidad de ir luego a la disco, para eso están los viernes, y quién sabe…

–Hija, lo que te cuesta… Qué porquerías comerás en el instituto para luego no probar bocado en casa. ¿Y qué llevas en el cuello?
–Es un collar, mamá.
–¿Un collar? ¿Eso? Eso es una mamarrachada más de las que tenéis metidas en la cabeza ahora. Cuidado que es feo. Y de metal malo, encima; ¡se te va a poner el cuello verde!
–Si se me pone verde da igual, porque no me lo pienso quitar, así que no se verá.
–Eso, muy bien contestado, hija. Me parece muy bien, vamos. ¿Y de dónde lo has sacado?
–Me lo he comprado con el dinero que tenía ahorrado para el tatuaje.
–Pues no te pienso ayudar más para que te pongas más zarrios en el cuerpo.
–Tranquila, mamá, que ya no me hago el tatuaje.
–Ah, mira. Pues entonces lleva todos los collares que quieras. Por lo menos si te cansas de ellos se tiran y en paz y no se te quedan ahí para siempre como lo otro. Qué desastre de juventud, qué desastre…

La cita lo fue. Algo tan desastroso que no podía recordar sin que se le hiciera un nudo en la estómago. De nada había servido la hora entera frente al espejo maquillándose, las consultas telefónicas a sus amigas sobre qué ropa ponerse ni el perfume que le pidió prestado a su madre. No había valido hacerse esperar como aconsejaban las revistas de adolescentes que leía, hay que llegar un poco tarde a las citas para despertar el interés de los chicos, ni la sonrisa sexy, ni nada. Pablo devoró su pizza sin posar sus ojos en ella en toda la noche, pues estaba demasiado entretenido intercambiando miradas con la chica de la mesa de al lado y Leire, sin saber qué hacer, se comió su pizza cuatro estaciones a tal velocidad que tuvo que ir luego corriendo al baño y cuando salió Pablo estaba más distraído aún que al principio, mirándola con extrañeza; él que había sido el que la había pedido salir, la miraba ahora como si fuera una desconocida.

Los días a partir de entonces se sucedieron rápidos en la indiferencia de Leire hacia todo lo que le rodeaba; ya no quería atraer la mirada de Pablo o las envidias de Marga o la ira materna; se conformaba con seguir rigurosamente su ritual de estiramiento de cuello con un fervor casi enfermizo. El espejo se convirtió en su aliado, cada vez que se miraba y comprobaba cómo había estirado medio centímetro desde la última vez, ya pronto necesitaría un collar más ancho, o quizá dos, y continuamente volvía a sus revistas para hallar las referencias visuales que le guiaban en su proceso, duro y difícil, como imaginó desde un principio que sería, pero en cuya determinación no iba a ceder ni un gramo.

Dejó de salir con sus amigas y ya no se trataba de reclusión obligada, sino de voluntad fuerte de mantener la disciplina para alargar su cuello hasta el cielo y parecerse a las chicas de sus revistas, las kayan de Mianmar que, como recientemente había leído, presionadas por las guerras en su país, habían emigrado a la vecina Tailandia y allí, recluidas voluntariamente en reservas, eran pasto de los flashes de los turistas. Ella no, ella no sería pasto de nada sino de su propia victoria sobre la naturaleza, tres centímetros más y lo conseguiría, tres o cuatro centímetros más…

El día de la caída, su madre, que hasta entonces había mantenido una distancia más temerosa que de respeto con la excentricidad de Leire, decidió intervenir. Todo fue muy rápido, aunque, curiosamente, a su madre le pareció que llevaba semanas aconteciendo; Leire levantándose de la mesa sin haber tocado el plato, sus ojos entornándose enormes en la profundidad de sus cavidades, sus párpados cerrándose sobre sus mejillas pálidas y el desvanecimiento final de todo, de todo lo previo al proyecto de ser una mujer jirafa, que seguiría instalado en Leire aún después de su estancia en el hospital. Ese día en que su madre invadió por fin su cuarto para descubrir una foto recortada de National Geographic, la foto de una mujer kayan, enterrada entre cientos de revistas y recortes de fotos de alargadas modelos de la talla 34, un folleto fotocopiado con la desconcertante frase: cómo vomitar sin que te descubran, y un enorme collar de latón; el mismo que había visto sólo un día en el cuello de su hija, el día en que decidió no hacerse un tatuaje.

Publicado en "Páginas para la tolerancia", pág. 191 y siguientes. Finalista XII CERTAMEN "TODOS SOMOS DIFERENTES", organizado por la Fundación de Derechos Civiles.